LA VIDA

Los elementos dramáticos y propios del teatro es evidente que ayudan cuando una pieza se compone de muchos personajes y la atmósfera rodea más el universo de lo abstracto y permite que el espectador se deje llevar y forme su propia idea de lo que está viendo. Al contemplar “3 Hermanas” en su única función de ayer en el Teatro Cervantes, tuve dos referencias bastante contemporáneas en cuanto a su autor y la estructura actoral y de escenografía que se presenta ante el público.

La referencia del autor me recordó a “Atchússs”, una propuesta protagonizada por Fernando Tejero y Adriana Ozores que utilizaba también personajes de Chéjov pero desde la perspectiva del humor, se llevaba a un surrealismo extremo pero muy bien cuidado, y aunque no te enteraras de todo, sí que te llevabas una sensación de ideas y la comicidad ayudaba a que el ritmo de la obra fuera más llevadero. Y el recuerdo de la escenografía y el que los intérpretes no salgan ninguno del escenario, contando además una historia más trágica ambientada en un espacio de guerra y tristeza, fue el de “El cartógrafo” que hasta hace poco han llevado de gira Blanca Portillo y José Luis García-Pérez, y cuyo enganche precisaba en el intercambio de roles, muchos detalles andando y recorriendo todo el escenario que te hacían no perder el ritmo y un hilo conductor que, aunque desestructurado, te permitía interesarte por lo que estaba sucediendo y sorprenderte de que al final se entendiera todo, y te llevaras ese mensaje de haber disfrutado de una buena sensación teatral.

El problema que veo en “3 Hermanas” es que, aunque interesante en esa visión muy obstinada por parte de las protagonistas de querer encauzar sus vidas hacia la capital donde consideran que se encuentra la solución a sus propios demonios, y que nos van presentando nombres que vamos colocando en el árbol de las vidas de ellas, lo cierto es que la manera de plantear todo este esquema al espectador se hace bastante tedioso y lento. Es bastante complicado con los elementos que nos ofrecen, únicamente cambiando sillas o con miradas en segundo plano de algunos actores, conseguir que te dejes fluir por ese dramatismo, en el que a veces se escapa una sonrisa leve pero no logra que el público quiera ir conociendo más de lo que va descubriendo en escena.

Y eso que las interpretaciones en el caso de Ana Fernández, Raquel Pérez, Emilio Buale, David González, Antonio Vico, y reconozco mi debilidad personal y vocal por el genial Carles Francino, a quién me moría por descubrir en el teatro y quiero seguir haciéndolo en muchas más tesituras que quiera emprender, son estupendas y no hay nada que reseñarles porque cumplen con el cometido que se les pide. Me quedo con sus palabras y miradas. Y la verdad en que ofrecían su amor, su dolor y su desesperanza. El resto de actores, la verdad, se me iban a veces a los extremos y me costaba mucho más conectar con sus emociones. El reto era complicado pero el resultado con tantos personajes, muchas veces no consigue esa armonía completa. Y en mi caso, por mucho que me esforzaba, no creía a veces en esa rabia descontrolada, la pasión que desprendían o una seriedad a base de piques que no me acababa de convencer del todo.

En definitiva, son casi dos horas de función en los que hay que prepararse para una comprensión a escalas, un círculo en el que parece que los seres humanos no somos capaces de salir y seguimos cometiendo los mismos errores y visualizar a tres mujeres que están ancladas y suspendidas en un tiempo, y que se abrazan a un destino idealizado que es esa huida a la capital. Si se logra entender y ver que todo evoluciona en este rumbo, todo fluye para lo que se pretende emocionar en el espectador, si lamentablemente no se llega a este punto, te cuesta afrontar este reto para lograr la vivencia deseada. Como detallan en la mayor parte de la función, complicada siempre la vida.

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