Estoy totalmente convencida que si hubiera visto esta película hace como unos cinco años o así, cuando tus convicciones sobre las relaciones amorosas son más cerradas y aún te falta la experiencia de lo que significa realmente estar enamorado y mantener esos sentimientos en el tiempo, me habría enfadado con el director, Wong Kar-wai porque no entendería las decisiones de la pareja protagonista en virtud de su propio egoísmo y sus ganas de amar. En esa tesitura que me envuelve de la ñoñez romántica (que sigo defendiendo y adoro esas películas en el contexto para el que están hechas), querría otras escenas, otro ritmo y otras consecuencias de una historia de amor que vemos evolucionar en “Deseando amar”. Pero en estos momentos, donde mi madurez y mi análisis puede ir más allá de un final Disney, doy gracias por haber visto ahora esta película.

Chow Mo-Wan y Su Lizhen son vecinos de un bloque de apartamentos de Hong Kong en los años 60. Cada uno tiene su vida ya resuelta pero debido a los respectivos trabajos de sus cónyuges, pasan mucho tiempo en soledad. En ese ambiente, se cruzan, se miran, se conquistan y se buscan en esa necesidad humana que todos tenemos de no sentirnos aislados y compartir nuestras emociones y el día a día con alguien. Al principio, como cualquier vínculo vital, es algo divertido, casual y a lo que no se le da importancia, pero el tiempo juega a favor de las dudas y el ir conociendo poco a poco a ese amigo que te acompaña, más informaciones dolorosas de sus propias parejas, hacen que cada vez estén más unidos y se necesiten constantemente.

Y, como digo, Wong Kar-wai hace un guión tan impecable que lo que sucede, también teniendo en cuenta la época y la cultura que está contando, es lo más lógico que no lo más deseable ni para ellos ni para el espectador. El desarrollo tanto de lo que sienten como de lo que deciden no sentir, es admirable y maravilloso, aunque sea triste. Los dichosos “y si”, que todos tenemos en nuestra recámara. No es fácil dejarse llevarse por lo que uno se apasiona, si saben que el qué dirán es importante, si saben que va en contra de sus propias convicciones y porqué no admitirlo, el propio miedo que nos envuelve a cada uno de nosotros.

Y hay aspectos que han ayudado también a que me haya dejado llevar fácilmente por “Deseando amar”. Contando algo a lo que es difícil otorgarle un ritmo acelerado y que mantenga el interés, el director opta por varios recursos que le ayudan en esta tarea. El primero de ellos, las repeticiones de una misma escena pero vista con reacciones diferentes por parte de los personajes, no sé si es algo original y personal del propio realizador pero me ha fascinado porque no le da ningún tipo de explicación y no trata al espectador por tonto y se entiende si estás inmerso en “Deseando amar” desde la primera escena. Después, el juego de vestuario con la protagonista que te permitía seguir el hilo de por donde se tenía que seguir la trama pero, por otro lado, vaya galería de trajes impresionantes que luce la actriz, Maggie Cheung Man-yuk. Son dignos de una exposición de moda y quién tenga ese cuerpo, lucirlos todos los días. Y finalmente, un juego de planos y de fotografía como hacía tiempo que no había visto en un film. Los colores y la manera en la que posiciona la cámara y que dice tanto de los personajes y de la situación son dignas de estudio de cómo muchas veces opciones simples pero bien hechas, cuentan tanto de una historia y de la personalidad de esos personajes.

Los actores están estupendos y evidentemente esa química hace falta para que la película pueda funcionar y lo hace. Me ha hecho gracia el observar como también en una civilización que puede ser tan distante como la china, tiene su patio de vecinos donde todo el mundo cotillea y está pendiente de quién entra o sale y que se toman la libertad de aconsejar (aunque más bien ordenar) lo que tienen que hacer los protagonistas. Pero, sin duda, sin ese ambiente tan bien creado, ese montaje y esa relación que necesitaba ser bien contada, da igual lo increíbles que puedan estar los intérpretes, se hubiera caído por su irrealidad desde el primer momento.

Y escuchar esa banda sonora que lamentablemente se ha maniqueado para distintas campañas publicitarias es otro regalo sublime de “Deseando amar”. Cómo me ha gustado escuchar a Nat King Cole. Una oportuna y constante dosis de emoción

 

 

NOTA: 10 Arcones

¡Compártelo!
Share on FacebookTweet about this on Twitter