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“Las matemáticas poseen no sólo la verdad, sino cierta belleza suprema. Una belleza fría y austera, como la de una escultura”. Palabras de un matemático de referencia, Bertrand Russell, que nos sirven para contextualizar esta película. Darle mucho valor a algo que reconozco que nos agobiaba en etapa escolar. Esa asignatura maldita que provocó que algunos kamikazes nos metiéramos inmersos en el mundo de las letras y otros lograran encontrar un camino satisfactorio por esa vertiente.

Ese fue el caso de Srinivasa Ramanujan, un autodidacta sin apenas educación, pobre, que en los primeros años del siglo XX desarrolló importantes contribuciones al análisis matemático, inspiradoras de posteriores investigaciones. Nacido en Madras, en la India aún en poder del Imperio Británico, acudió como invitado al Trinity College de Cambridge, por un profesor que creyó en su excelencia por encima de sus condiciones sociales, económicas y culturales, El hombre que conoció el infinito intenta, con buen criterio, aglutinar las peligrosas particularidades que rodearon la situación en uno de los templos de la educación universitaria.

Vamos conociendo a un intelecto único ávido de escribir y poder publicar las fórmulas matemáticas que su cabeza no para de crear. Ese ímpetu se frena con ese ritmo británico, más pausado y cauto y que necesita constantemente encontrar comprobaciones a esas teorías que vienen de un neófito indio que no ha necesitado evolucionar de la misma manera que todos ellos. Entre esa ansiedad de conocimiento y esa pulcritud, se encuentra la figura del mentor tan reconocida en muchas otras películas y que, en lugar de recaer en Robert de Niro o Al Pacino, lo hace de la mano de Jeremy Irons. Su papel es el del profesor británico G.H. Hardy que se atreve a dar el paso de darle esa oportunidad y convertirle en la gran referencia que es en el mundo de las matemáticas.

Dev Patel se gana mi cariño desde su ternura en “El exótico Hotel Marigold” y su segunda parte y mi tensión como encargado de las redes sociales de “The Newsroom”, aquí tenía ganas de verle encarnando a un hombre tan especial y que recogía unas características diferentes a las que me tenía acostumbrada, y cumple su papel de una manera muy digna. Y eso que lo ha tenido complicado al no tener ningún documento en el que inspirarse y capturó su esencia a raíz de lo que leyó en el libro en el que se inspira la película, ‘The Man Who Knew Infinity: A Life of the Genius Ramanujan’, de Robert Kanigel. Grandes también las interpretaciones de Stephen Fry y Toby Jones. Y escucharlas en versión original, un placer máximo aún.

Si que es cierto que, al final, la película se la juega a esa carta. Que te interese el personaje y su historia y logres empatizar con su causa y sus obstáculos. Lo que es propiamente un biopic. Fuera de ello, no hay más que podamos sacar de esta historia. Un ambiente complicado, un hombre que nace en el entorno de una religión que no ayuda a que pueda disfrutar de sus conocimientos de una manera más certera y una institución clasista que, precisamente, tiene miedo de lo que debe conseguir el objeto al que estudian, las propias matemáticas. Y ese puede ser un principal handicap, pero quién tenga una mente que necesite emocionarse, va a encontrar en esta historia, una gama amplia de buenas emociones.

“El hombre que conocía el infinito” se acompaña de una excelente fotografia y la música de Coby Brown.

Ramanujan fue capaz de compilar independiente casi 3.900 resultados. Una cifra apoteósica en poco tiempo. Son esos pequeños héroes más desconocidos que han obtenido hazañas de las que actualmente disfrutamos y que es más que interesante conocer como en películas como ésta. De la relación de Hardy y Ramanujan, hasta salió un número cuya denominación de origen son los propios apellidos de ellos y es el 1729. Una coincidencia como las miles de matriculas que sumamos a lo largo de nuestra vida pero que formó parte de su gran historia. ¿Y si buscamos nuestros propios números?

Nota: 7 Arcones

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