LENGUAJES INCOMPRENSIBLES

Cuando estás ante “El príncipe y la corista”, únicamente no son los habitantes de ese reino imaginario que es Carpatia los que utilizan idiomas irreconocibles entre algunos de ellos, con lo cual la comunicación se vuelve loca e incomprensible, sino que también ocurre con el público cuando se encuentra ante esta propuesta que se queda bastante corta de intención y comprensión ante la consecución de escenas hasta llegar al desenlace.

Al principio de la función, hay una sensación de que todo se tiene que decir con demasiada rapidez, tanto Bruno Lastra como Lluvia Rojo nos sumergen enseguida en un caos de una situación que no podemos asimilar fácilmente, pero aunque luego encajen las piezas de los demás personajes, todo sucede con tantos extremos en los que no encontramos el hilo conductor que los una, que perdemos el ritmo, la risa sale de manera intermedia en algunos puntos concretos y en toda la trama no se nota la sensación de estar avanzando hacia un punto concreto y definitivo en el que desemboque toda esta rocambolesca historia.

Mary, el personaje protagonista, es la corista que habla inglés, como de repente descubrimos que sabe alemán y de una manera soñadora y natural se mete en un mundo monárquico donde todo se realiza al antojo de sus regentes, que hablan también en muchísimos idiomas distintos, y todos los demás roles van tomando decisiones inesperadas que, evidentemente al exagerarse tanto, inducen a la comicidad pero carecen de esa comprensión necesaria para conocer de lo que uno se está riendo, y mejor aún para disfrutar de esa sensación de saber de lo que uno se está riendo. Además en el caso de algunos actores como Javivi Gil Valle o David Carrillo, habría que pedirles una mejor proyección de voz que facilitara la comprensión de lo que están diciendo, porque en la mayoría de sus intervenciones costaba muchísimo entender las réplicas que les daban al resto de personajes. Y ya os podéis imaginar cuando coincidían en escena.

Los recursos se denota que están con la intención de hacer transmitir ese trabajo cómico, mediante las repeticiones, el saber reírse de uno mismo bailando sin control, el ser identidades orates que comprenden la mitad del discurso de todas las intervenciones que se les dicen o mostrarse totalmente trastornados ante las situaciones que se van planteando. Igualmente, se podría mejorar muchísimo cómo trabajar la transición entre escenas para que no sucediera de esa forma tan lenta y contemplando perfectamente, en alguna ocasión, a los actores retirarse del escenario en la penumbra.

Resulta una buena opción ver “El príncipe y la corista” si se entra de lleno en este universo lunático, y te logra despertar esas carcajadas espontáneas por las disparatadas ocurrencias que van pasando en esta teatralización monárquica tan autoritaria, que se ve sorprendida por la llegada de esta mujer y sus propias exigencias llevadas a cabo por su amor y generosidad, pero sí ese camino no se entiende en el mismo idioma teatral, nos perdemos completamente hasta el baile de coronación. Como a veces sucede en reinados de verdad, y no sólo en este ficticio de Carpatia.

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