Crítica «Esencia» – 43 Festival de Teatro de Málaga
LA PACIENCIA TIENE RECOMPENSA
Este titular que resume el origen de toda la trama de estos dos protagonistas de «Esencia», se puede trasladar al público que decide disfrutar de la función desde el patio de butacas. Si se cultiva esa paciencia, se puede llegar a vivir toda esa evolución tan interesante de estos dos amigos que se reencuentran después de muchos años, y lo que se cuestionan proviene de una trascendencia textual, a la que hay que poner mucha atención para entender todos los aspectos que se detallan de esa conversación entre la realidad y la ficción.
Desde el principio, la situación se nos puede plantear cercana. Dos hombres marcados en su vestuario y en su manera de expresarse dentro de una posición de conocimiento, en el que ambos toman esa realidad cotidiana de cambiar el mundo desde su atalaya de una mesa de restaurante, en la que comparten prejuicios, opiniones y un desarrollo común de cualquier comensal al que le prestamos atención en nuestra vida cotidiana.
Si este diálogo se hubiera mantenido en la misma tesitura, la función no se sostendría por mucho que la comandasen estos dos genios teatrales. Para ir a mucho más, y que el espectador tenga ese interés en todas esas escenas con esas palabras cada vez más enjundiosas y llenas de detalles, se plantea un dilema más que interesante en el que el público debe decidir qué es real y qué es inventado. Y nadie tiene más razón que el otro, si no que en ese juego constante de intercambio de roles, quedas fascinado por esa transformación tan sublime con la única certeza de que nada es lo que parece.
El personaje invisible es el que origina el nudo de «Esencia», y que ayuda al mensaje directo de esta función en la que se resalta el poder manipulador de las palabras, y que cómo usadas en un beneficio personal pueden lograr los objetivos particulares de quién las imprime, y permite cuestionar a los asistentes sobre aspectos primordiales de nuestra existencia, que marcan nuestras ideas racionales.
Y como redactores de la realidad, siendo esos nombres que necesitan los escritores de nuestra historia para culminar su labor, hay una constante apelación a los presentes directamente desde el escenario. No sabiendo nunca qué es lo que ocurre pero sintiendo los efectos de esa manipulación por la que nos deriva todos estos roles que, mediante esas voces, ejercen tantas emociones diferentes en nuestro inconsciente. Las armas para ese acto de terrorismo verbal, como bien definen en «Esencia», son la voz y la palabra.
Sin Joaquín Climent no puede brillar Juan Echanove, y viceversa. Ambos marcan una ejemplaridad de compañerismo y buen hacer en ese combate dialéctico, en el que el objetivo es el propio recorrido ascendente de la línea dramática de la obra. Es soberbio ver cómo se entregan desde el primer momento, y como tienen medido a la perfección su labor. Un ejercicio de aprendizaje de excelencia de ambos intérpretes.
Sales de esta representación cómo cuando te planteas en una novela qué tiene de autobiográfico o de improvisado todo lo que se ha expresado. Y no hay solución única. Lo único que hay que hacer es dejarse llevar por «Esencia», cuidar mucho el significado de cada expresión y maravillarse por hacer lo más sublime del trabajo actoral con pocos elementos. Echarle esa paciencia, os aseguro que tiene su recompensa.






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