EL MONSTRUO Y LA VÍCTIMA

De una manera rápida y sin entrar en detalles que no tienen que ver con la trama principal, la versión de Bernabé Rico bajo la dirección de Juan Carlos Rubio funciona para que un texto como “La culpa” de David Mamet sea comprensible de una manera natural por el público, y también tenga un pellizco emocional por la argumentación que en este caso el autor ha usado para la obra.

Los recursos para lograr que dilucidemos y reflexionemos acerca del sentido moral del protagonista, un psiquiatra al que su entorno le presiona para que testifique a favor de uno de sus pacientes que ha cometido varios asesinatos, ejerciendo esa coacción por el juicio mediático que se ha provocado con este caso en el que nosotros como público siempre parecemos demandar inmediatamente un monstruo y una víctima, pues como resalto los recursos son varios y todos resultan acertados para que el ritmo tan trepidante que arrastra la función tenga sentido tanto para la comprensión como para que no nos desconcentremos en ningún instante de la trama. En primer lugar una escenografía impactante que, en ocasiones, trabaja como algo más que un espacio donde se desarrollan las acciones, particularmente esa utilización para marcar diferentes sensaciones fue algo que me impactó desde el comienzo de “La culpa”, y sin desvelar más, todo lo que se pretende para que hasta el final esos giros de guión funcionen, se logra con bastante éxito y la gente se deja llevar por todo lo que va descubriendo de esta historia.

Posteriormente, los actores están colocados en primer y segundo plano obteniendo unas dimensiones más profundas de entendimiento sobre la manera de ser de los personajes, y cómo van a estar implicados en cada acto. Ellos propiamente también se destacan con colores marcados y característicos que refuerzan esa imagen visual, que también ayuda a esa parte más sensitiva. Incondicionalmente, el espacio y el aspecto que marcan estos roles inducen ya a que el espectador los vaya conociendo enseguida de primera mano, además de la manipulación de ciertos objetos que van aclarando más información de la que nos era desconocida al principio.

Y finalmente hay una propuesta, como si de un mcguffin cinematográfico se tratara, de llevarnos a las fronteras que el autor de la versión y el director han querido guiarnos, y aunque uno se pueda salir fuera de ese punto de vista, los asuntos que salen a la luz en escena te hacen recapacitar en cada diálogo, de modo que la sorpresa inesperada llegará aunque uno se crea preparado para ello. Y eso sólo puede hacerse cuando hay una buena base de trabajo en el guión y una labor concienzuda de trasladar esa pretensión a esta propuesta de hora y veinte de función. Cosa que me resulta realmente complicada cuando las palabras de David Mamet siempre son tan extensas y con mucha información, y lograr ese resumen con tanta intensidad y cumpliendo la máxima de razonamiento de esa búsqueda en la vida real de los monstruos y las víctimas, es una tarea ardua que se logra con creces, y es de agradecer como espectador disfrutar de esa experiencia.

Evidentemente, el punto fundamental por el que “La culpa” funciona como un reloj son los actores. Pepón Nieto vuelve a desarrollar uno de los mejores trabajos de su carrera, que se implementa aún más en sus escenas en concreto con Ana Fernández y Magüi Mira que logran apaciguar ese temperamento por el que ya conocemos al intérprete en escenas que el tono debe ser un poco más alto de lo normal, y afortunadamente cuando se puede  encontrar con dos compañeras de esta calidad logran sacar la mejor versión del actor, y es una reciprocidad que se agradece. Ellas son maravillosas, pura delicia verlas simplemente caminar por el escenario y mirar a sus compañeros. Miguel Hermoso es la presencia, el saber estar dentro de un rol que es importante para entender la vuelta de tuerca de los contextos, y al mismo tiempo mantener una sobriedad y una firmeza en unas convicciones que van marcando la intención de lo que se nos quiere decir a nosotros como público y jurado al mismo tiempo. Es un gran trabajo de equipo actoral y da gusto contemplar cómo han elaborado todo este resultado final.

Y al terminar el espectáculo las preguntas, ¿por qué necesitamos en la vida real un monstruo y una víctima? ¿en qué estado están los intereses de los medios de comunicación? ¿por qué parece que uno tiene que hacer lo que todo el mundo le está demandando, y no puede entrar en su propio dilema moral y en cuestionarse todo lo que se le plantea? ¿cuales son nuestros propios intereses como seres humanos?, y la mejor de todas, ¿donde nos posicionaríamos a la hora de contemplar “La culpa”?. Utilizando su misma frase, ellos como creadores han sido los monstruos y nosotros como público las víctimas, pero qué gran placer ha sido serlo.

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