RUTH LORENZO VINO A MI LLAMADA

De antemano, expongo claramente que no soy público de «La llamada». Pero ante un fenómeno de tales características, es obvio que todos debemos plantarnos delante de esta propuesta y hablar con conocimiento de causa sin establecer prejuicios gratuitos. Y digo que no soy el objetivo de un musical como éste, porque forma parte de nuevos lenguajes y una intencionalidad teatral que se separa mucho de lo que a mi me llama la atención o me pueda sorprender encima de un escenario. Al final curtirnos en las artes escénicas, nos hace tener preferencias especialmente en las sensaciones que nos queremos llevar después de dejarnos llevar por algunas de las historias que autores teatrales quieran hacer llegar a los espectadores.

Sí que puedo decir que, de base, la manera divertida y alocada para transmitir mensajes tipo «lo hacemos y ya vemos», «que nadie te diga lo que no puedes hacer», o incluso sobre la libertad en nuestra vida y en el amor, y más mensajes focalizados en la autenticidad personal y en no rendirse por los sueños de cada uno, es acertada y viene de lujo para que mucho más público se anime a ir al teatro. Mi duda, y hasta con un ápice de preocupación, es que esa metodología es la que parezca que únicamente pueda funcionar para llegar a los jóvenes, y el abanico no se pueda abrir a lo que prácticamente es puro teatro comercial y que lleva a estas grandes masas. Insisto, lo celebro porque de alguna manera se tienen que abrir al mundo de la cultura, y actualmente es diferente a cómo yo lo viví en su momento. Pero lo que sí creo que es imprescindible que no se pierda, es enseñar a valorar una capacidad más amplia de pensamiento, y de ahí cada cual que escoja la opción que más le llegue.

En «La llamada», pude denotar un homenaje a canciones y grupos de los últimos 20 años además de canciones propias que con un ritmo acelerando iban progresando las acciones de estas dos protagonistas que quieren luchar por sus sueños desde el campamento de monjas «La Brújula» donde están pasando unos días, y donde inesperadamente reciben el mensaje de toda una diosa como es Whitney Houston. Un paralelismo que me recordaba a la película «Dogma» de Kevin Smith donde utilizaban a Alanis Morrisette para representar a «Dios».

Todo tiene que sucederse a esa velocidad para que la historia planteada tenga su sentido, y el atractivo de quienes lo presencian. Los gags, chistes y diálogos no tienen momento de pausa y reflexión si no que todo está a servicio de plantear muy exageradamente las emociones tan extremas de los personajes, y que esa comicidad junto con las canciones no decaiga en ningún momento de la representación. Me hubiera gustado un mejor trabajo en la vocalización de esos textos, así como en la posición en el escenario de los actores que impedía en muchas ocasiones el poder seguir el hilo de lo que iban narrando e interpelándose entre ellos.

Con lo que me quedo es con Ruth Lorenzo. Es cierto que me tocó el mejor día para disfrutar de la voz de una de las mejores artistas de este país. Tiene una garganta y una sensibilidad que traspasa cualquier canción que se quiera preparar, y eso que sólo escuché los temazos de Whitney Houston pero ya me da la impresión de que tiene una personalidad tan única y arrolladora que, por poco que se proponga, hace lo que le da la real gana con su interpretación. Lo mejor que disfruté en el escenario con «La llamada», sin ninguna duda y muy bien preparado el juego de humo y luces en sus apariciones estelares.

Como os digo, si esta llamada hace que el teatro tenga más peso en mucho público que ni se decidiría a asistir a algún espectáculo, bienvenido sea, pero espero que no condicione que sea lo único a lo que se llame. Hay muchas más llamadas que deben ser atendidas, y que lo hacen desde muchos mensajes diferentes. Ojalá también se sientan esas llamadas.

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