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Con el elenco actoral de «Glengarry Glen Ross», la verdad es que fue el mayor aliciente para querer descubrir que se escondía detrás de esta película. Gonzalo de Castro, Ginés García Millán y Carlos Hipólito son intérpretes que en el teatro siempre me han dejado lo mejor de su trabajo, y pensaba que sería una ocasión para nuevamente disfrutar de ellos pero en pantalla grande.

Pues bien, el título creo que no acompaña mucho a tener una buena idea del film, pero descubriendo la historia aún menos. Es una trama de engaños, estafas y mentiras entre los diferentes personajes, tengan relación personal o profesional. Lo cierto es que soy amante de los diálogos irónicos y que dejan esas frases que se te quedan en el recuerdo, pero aquí en «La maldición del guapo» todos los roles juegan a esa misma labor, y eso no favorece a diferenciar a las personalidades que te quieren mostrar tan dispares, y prácticamente más que una película estaba contemplando una obra teatral en pantalla grande, con lo que conlleva que los códigos son diferentes, y que nunca iba a poder funcionar igual.

El maestro Sorkin, sí que supo crear en su serie de ficción, «El ala oeste de la Casa Blanca» una serie de estereotipos pero que también mostraba su calidez humana, a pesar de estar envueltos constantemente en enredos de palabras y reflexiones que te dejaban boquiabierta. Aquí no es el caso porque la información va muy sesgada, pero aunque haya miles de ejemplos donde dar esos datos a cuentagotas te ayudan a montar el puzzle, en este caso aunque se encaje todo da la sensación es que no tiene sentido o que es muy poco creíble.

Los actores son crème de la crème de lo que ahora mismo se puede disfrutar en España. Y veo en Juan Grandinetti un buen espíritu interpretativo, legado obviamente de su padre, pero los derroteros en el género del humor y del engaño se debían haber creado de una manera más atractiva hacia el espectador, con personajes más de calle aunque vayan al extremo y con una historia que se pueda entender y entretener a la vez. Ese juego argentino- español podía haber sido mejor empleado en beneficio de diferenciar a los que son estafadores de por sí y de sus intereses, y los que sufren las consecuencias de esas jugarretas, pero todo se queda muy vacío.

Me quedo con las bendiciones de los feos. Y con ver a estos maestros en escenarios teatrales, que espero que me despierten nuevamente con una historia que me atrape en el género que sea. Seguro que será pronto.

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