LAS AMÍGDALAS NO ESTÁN PARA TONTERÍAS

Luis Piedrahita atesora trayectoria y se nota. El ganador de esos primeros certámenes que se celebraban en “El Club de la Comedia” ya iba construyendo un sello y una personalidad de sorna gallega con la que envuelve siempre sus textos. Verle en “Las amígdalas de mis amígdalas son mis amígdalas” es ser testigo nuevamente de esa verdad. Luis sabe jugar con el público, explicar con sus pausas y esa voz que no termina la frase nunca las situaciones más reconocibles y buscar ese golpe final que normalmente deja boquiabierto a quién le escuche.

Revisando alguno de sus momentos, que como todo espectáculo de humor de larga duración no puede sostener un mismo nivel durante toda la función, me faltó el querer mantener ese ritmo de palabras nuevas, juegos de letras y demás combinaciones que siempre le han funcionado en cuanto al léxico se refiere. Yo recuerdo que era un maestro de buscar las mejores definiciones de objetos que encontraba en una tienda china o detallar los propios sentimientos que podía tener una naranja cuando la escogen para hacer zumo. Entiendo que la popularidad televisiva te haga buscar siempre diferentes tipos de humor para llegar a la gente, pero creo que debía haber seguido una línea más continua y en consonancia con el comienzo de la función. Y algún chiste sobre animales o destacando siempre a mujeres divorciadas y matrimonios, no comulga con su faceta más innovadora.

Lo realmente importante de la obra es como logra hacer que la gente identifique rápidamente lo que va narrando, aunque pueda acabar de la manera más inverosímil posible. Es una verdadero maestro de mostrar esas realidades y buscarle la punta perfecta de lo que nos molesta o inquieta. Bien sea en un ascensor, en una sala de espera, un hotel o montándonos en un tiovivo. Tiene una facilidad innata para ello que le hace construir un show muy bien preparado que nos hace reflexionar sobre aprovechar la vida y disfrutar todo lo que podamos cada día. Como yendo a verle y dejarse llevar por su conversación, sin reparar en todo el tiempo que nos hace huir del mundanal ruido.

Y robándole esa frase que atribuía acertadamente a padres de “no estar para tonterías”. “Las amígadalas de mis amígdalas son mis amígdalas” no necesita escenografía muy esplendorosa ni una iluminación para destacar. El texto bien preparado de Piedrahita, al que muchas veces debe añadir improvisaciones que intercala al interactuar con el público (le sale bien la mayoría de las ocasiones), es lo que invade todo lo que dura la función y provoca esos grandes momentos en los que tras buscar nuevos vocablos para la Real Academia Española, te das cuenta de esa mente brillante y que esos conceptos realmente podrían ser útiles para esos espacios vacíos legales que el propio Luis defiende en su espectáculo.

Para seguirle en su gira, sólo tenéis que pinchar en este enlace:

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