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Debemos sentirnos plenamente satisfechos por la cosecha de cine español tan increíble que hemos podido disfrutar este año. En los Goya no aparecen tan reflejados como me gustaría, excepto “Que Dios nos perdone”, pero soy tremendamente afortunada de haber sido testigo de maravillas emocionales como “La próxima piel”, “La puerta abierta” o esta última de la que os voy a hablar, “María y los demás”. No me voy a poder posicionar en esas nominaciones a mejor actriz con Emma Suárez, Carmen Machi y Bárbara Lennie. Estaré feliz con que una de ellas se lleve ese merecido reconocimiento. Pero ha faltado mucha más valentía en esa Academia con muchas de esas categorías, pero ya ahí entramos en otro debate.

Este guión de la directora novel, Nely Reguera, está escrito a cuatro manos junto a Valentina Viso, Eduard Solà, Roguer Sogues y Diego Ameixeiras. Esa conjunción creo que ha logrado armar una película muy completa y emocional, donde la identificación parte de una protagonista que busca lo que todos anhelamos en la vida, aunque en ocasiones nos empeñemos en negarlo, y es amor. 

María realiza un esfuerzo cuidando de su padre tratado con quimioterapia que, sin pedir que sea recompensada, al menos reclama que se le haga caso en las decisiones más importantes de su familia. Se rodea de dos hermanos, uno que representa al típico quejica que no arregla nada pero no para de cuestionar qué es lo que, a su juicio, se debe siempre hacer y otro que va a su bola y se escaquea de muchas responsabilidades, que debían ser compartidas. A todo esto, María tiene que soportar las típicas reuniones donde se le cuestiona todo. Se le presiona por la edad que va cumpliendo y lo que tradicionalmente no ha tachado aún de la lista. Y el giro ya de 180 grados, es la entrada de una nueva cabeza pensante, en forma de novia paterna, que pretende alterar el ritmo que ya propiamente había establecido y unirse al coro de voces que deciden por ella y que quieren que resuelva todo, pero a la manera de ellos y sin dejarla opinar.

Las consecuencias de esta reflexión que nos puede resultar tan cercana, también son especialmente reconocibles. Una relación amorosa que se fundamenta en el sexo y en el egoísmo de la parte masculina. Con poco que él le da, ella se conforma aunque se mata por pedirle más compromiso, cosa que aunque sabe que no se va a hacer, se muere porque el futuro se vuelque de otra manera que le sea más propicio. Y el otro resultado es el profesional, ver como gente más joven evoluciona al ritmo que ella hubiera querido y como se queda estancada, sin ganas de progresar y envolviéndose de un sufrimiento constante que le bloquea y le impide tomar determinaciones sobre el siguiente paso que tenía que haber dado, acabar su novela.

Todo ello se ve reflejado, a la perfección, en este gran trabajo de guión, dirección e interpretación que es “María (y los demás)”. Y cómo sucede en este tipo de historias, particularmente las disfrutas a cada segundo cuando te sientes fervientemente identificada con lo que ves en pantalla. No he querido dejar de abrazar a Bárbara Lennie en ningún momento. Y me moría porque nadie veía en sus ojos, que lo que tanto reclamaba es cariño. Por ello, su papel es tan bueno, como el de los demás, pero ella que es el centro, ha asumido ese reto con total maestría.

Mis grandes debilidades han sido varias en esta película. Una es, incluso una chorrada, ese momento que vas a la barra sola y el camarero ni te ve a la hora de pagar. Algo que parece insignificante pero que representa el más absoluto vacío, que es cómo uno se siente en ese momento. Muy acertadamente representativo. Otro instante es el de la pantalla delante del ordenador. Palabras que se borran, párrafos que se retocan y mientras tanto, a cambiar tonterías de sitio en la mesa porque no se es capaz de continuar con ese libro maldito que parece que está condenado a no acabarse.  Igualmente, esas tonterías que hacemos para llamar la atención que nos provocan volver a esa edad del pavo, en la que tus ojos no pueden parar de estar pendiente a un móvil a ver si nos han respondido. Y que, siempre siempre, el resultado nunca alcanza a nuestras propias expectativas. Aunque, sin duda, lo más grave es que la protagonista, María, idealiza su propio futuro en forma de ilusiones que se crea ella en su cabeza, y en esa recreación afronta lo que debió empeñar desde el principio y lo representa delante de un peluche. Ahí, por un lado me mató por excesivo parecido con mi realidad y, por otro, me alivió de no ser la única enajenada en ese sentido.

“María (y los demás)” es una película fresca, con detalles que te llegan al corazón y te hacen reír en un mismo momento. Cuenta verdades que te llegan al corazón y te hacen formar parte enseguida de todo el universo que te plantean. Te hace salir bien de la butaca del cine y no sientes que le falte un detalle o que haya tenido que expresar más explicaciones. Las interpretaciones son muy medidas, especiales y están llenas de esa naturalidad que un actor busca en sus personajes. Bárbara Lennie es ya amor personal, como Jose Ángel Egido y, por ello, no soy imparcial en esa valoración. Son espectaculares y me hacen soñar lo que quiero y muchas más sorpresas en sus trabajos. Pero es que todos están magníficos, Pablo Derqui, Vito Sanz, Julián Villagrán, María Vázquez, Rocío León, Ernesto Chao o Xúlio Abonjo, Marina Skell, Alexandra Piñeiro, Miguel de Lira, Luisa Merelas y perdonadme a los que me dejo en el tintero. Es una película bella, de las que te hacen sentir bien y pensar en tu propia vida. En la tuya y en la de tus demás.

Nota: 10 Arcones

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