AHORA SOY MEDEA

Aitana Sánchez Gijón nos adelantaba en nuestra entrevista lo reacia que era en la mayor parte de su vida profesional a asumir el reto de un monólogo. Supongo que lo que la pudo decantar a aceptar la oferta fue la base en la que esta lectura dramatizada está fundamentada, una presentación en la que se nos explica las razones por las que la actriz no ha podido desprenderse aún de este personaje (más esa referencia a dar gracias de antemano a un coro silencioso, que me pareció un gesto sublime), para pasar al relato del cuento de “Jasón y los argonautas” para finalmente transformarse en Medea y otros personajes de la tragedia, e interpretarlos con toda su fuerza escénica.

Este esquema ayuda a que el espectador entienda a la perfección por donde van a ir los tiros y que su imaginario vaya creando ya la situación y el espacio, en los que la actriz se asienta para dar rienda suelta a estos sentimientos tan contradictorios y complicados. La entrega es brutal. Domina la técnica teatral a la perfección en todos los sentidos. No hay un ápice para la crítica en cuanto al desgarro, la soledad, la incomprensión o el dolor que constantemente siente en todos los pasajes que lee en distintos puntos de la puesta en escena.

Pero desde mi particular sentimiento, no llegué a ese punto de admiración completa puesto que necesitaba más que una lectura dramatizada. No puedo reprochar lo que nos presenta porque cumple todo el protocolo que requiere una tragedia de estas características, pero sí que eché en falta que me llegara ese pellizco. Ese toque cuando contemplas esas interpretaciones a corazón abierto que son tan naturales, que no puedes más que agradecer todo ese esfuerzo y valentía que plasman en el escenario. Aitana cumple su papel de Medea, de Jasón, de Caronte o de narradora pero me faltaron esas piezas que, quizás en el montaje con todos los actores, le hubiera desprovisto de otros quehaceres y me permitiera vivir apasionadamente su Medea. En esa tesitura, Concha Velasco o Miguel Rellán siguen siendo grandes maestros de este género.

Eso no quita que en el ejercicio de Aitana transformándose en cada persona, sus miradas, sus gestos, caerse tan real al suelo, el enfado o la despesperación, uno no puede dejar de deslumbrarse por el talento y las virtudes de contemplar a una gran actriz que sigue superándose en cada reto que asume. Me encantó, especialmente, la sutilidad en dar a entender ciertas partes de la historia sin llegar al sensacionalismo o a métodos que manipulan la tristeza del espectador. En esta lectura dramatizada de “Medea” se jugaba acertadísimamente con los focos y en, particulares ocasiones, con la música que acrecentaba muchos momentos de grandeza dramática, aunque me despistaba en algún momento concreto que no podía escuchar a la propia actriz de fondo.

Como digo, Aitana Sánchez Gijón demuestra cuando declama “Ahora soy Medea”, que lo es y, siendo un reto que ha decidido asumir con maestría y valentía, me quedo con las ganas de haberla disfrutado en su contexto completo de la obra que diseñó originariamente Andrés Lima. Lo importante es eso, saber llegar y dejarte con muchas más ganas.  Vuelve pronto, Aitana, con personajes de los que te cueste deshacerte.

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