¡Aleluya!

Por fin, tengo un acierto cinematográfico después de últimas expectativas frustradas. La verdad es que los ingredientes podían asegurarme no pegarme un batacazo siendo producción de la BBC y protagonizada por tres de los actores que más me emocionan en pantalla, Kevin Kline, Maggie Smith y Kristin Scott Thomas

En “Mi casa en París” hay argumento que me ha rememorado a “El pisito” aunque con un desarrollo y concepto completamente distinto. Un hombre viaja a París tras la muerte de su padre para recibir una vivienda que le deja en herencia. Al llegar, descubre que la casa está regentada por una mujer que reside en ella como “viager”. Un sistema en el que el comprador de una residencia paga un precio reducido, pero sólo toma posesión cuando el dueño muere. Lo que complica las cosas es que else le debe pagar al antiguo propietario (que ahora es el inquilino) una cuota mensual hasta que fallezca.

Ese es el panorama en el que se encuentra Kevin Kline que debe enfrentarse a esta situación que le describe Maggie Smith, amparada por su hija, interpretada por Kristin Scott Thomas, que también vive en la casa. Pero esto es el trasfondo para hablar de lo que verdaderamente trata esta historia basada en una obra de teatro escrita por el mismo guionista y director de la película, Israel Horovitz, que es la incomunicación. Ante hechos que cambian el rumbo de nuestras vidas, no somos capaces de explicar a nuestros seres cercanos lo que ha ocurrido y se ocultan tras secreto y tras secreto, que dan lugar a equívocos, engaños y malas interpretaciones

 

048379.jpg-r_640_600-b_1_D6D6D6-f_jpg-q_x-xxyxx

 

Eso es lo que sufren Kevin Kline y Kristin Scott Thomas en la concepción de lo que ha sido sus vidas y lo que es su futuro. Nadie les ha querido y nadie les quiere. No saben cómo se ama ni saben cómo hay que querer a nadie. Cariño que creen que no han tenido y que ha supuesto una continua vida de fracasos y malas decisiones. Y en cuanto las cartas se ponen encima de la mesa, cada uno de los personajes retoma el rumbo que se merecen. Sus desgracias se transforman en cambios y encuentran metas a las que agarrarse a la vida. Se comunican y se dicen lo que piensan.

Las intepretaciones son excelentes. Especialmente mi Lady Crawley que destaco porque lo vale pero es que me llegaría a extrañar que no estuviera a la altura de lo que se espera con sus interpretaciones y mi Otto de “Un pez llamado Wanda” que vuelve a París tras enamorarme y hacerme reír con “French Kiss” (cuando Meg Ryan era Meg Ryan), y me deja más que sorprendida con este papel tan duro y dramático, de bocazas embaucador pero a la vez con una sensibilidad literaria, en el que consigue uno de los mejores personajes que yo le he visto en una pantalla, por todo lo que me ha logrado transmitir con sus escenas y gestos.

Y para acompañar esta genial “Mi casa en París” de ritmo pausado y perfecto, y que deben ver en versión original para deleitarse con las voces de Maggie Smith y Kristin Scott Thomas, sobre todo, la fotografía de esa París bohemia y soñadora y canciones que forman parte de su excelente banda sonora como ésta:

 

 

Nota: 8 Arcones

¡Compártelo!
Share on FacebookTweet about this on Twitter