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25 AÑOS DE CARRERA

La mayoría de los mortales debemos presentar un currículum en forma de papel narrando de fecha en fecha, las experiencias que vamos cosechando a lo largo de nuestra vida. Pero Ángel Garó decidió hacerlo de forma especial y tanto. Formando un espectáculo donde pudiera mostrar y dar rienda suelta a toda su multidisciplinaridad que ha ido demostrando en sus 25 años de carrera.

Ayer en La Cochera Cabaret escuché una orquesta de risas, de las que salen del diafragma y no se pueden contener. Una reacción que sólo provocan los grandes cómicos y artífices de personajes y situaciones disparatadas, que con estilo propio y personal llegan a la sensibilidad de su público y lo hace partícipe enseguida de lo que va narrando. Esa sonoridad en las carcajadas debo reconocer que hacía tiempo que no las escuchaba con tanta fuerza. Algo muy sano y que respondía a una manera de hacer teatro que demuestra mucho trabajo previo y mucho conocimiento de la técnica del humor para llegar a los resultados más deseados que busca cualquier actor.

Ángel Garó es un maestro y lo demuestra nada más pisar las tablas de cualquier escenario. Para una servidora que únicamente lo contemplaba con 9 años, frente al televisor, dejándome llevar por ese imaginario de personajes a cada cual más inverosímil, pero que me despertaba la mejor de mis locuras, verle tras el telón dominando a esos personajes y proyectando su talentosa voz , fue un auténtico descubrimiento. Y muy placentero. Me recordó esos tiempos y silencios que ya no disfruto en las obras de teatro. Esas explicaciones cercanas en las que ambienta, de manera efectiva al público, para que sólo se tengan que dejar llevar por la narración. Un buen hacer que echo en falta y que entusiasmó a todos los espectadores que prácticamente llenaron el patio de butacas de “La Cochera Cabaret”.

Y todos esperábamos el momento “Uh!”. Ese desfile de personajes que nos hicieron felices con sus propias características. Juan de la Cosa y sus adivinanzas, Pepe Itárburi y sus chistes mal contados, Maruja Jarrón haciendo acto de presencia ante el público y la sevillana inolvidable cantada por Chikito Nakatone. Todos exclamamos un suspiro de alegría y un aliento por volver a reencontrarnos con ellos. El instante que ansiábamos y que no nos defraudó porque ellos seguían intactos y con esa misma buena energía que traspasaban nuestros televisores viendo “Un,dos,tres”.

Pero aparte de esta evidencia, Ángel intercala proyecciones, canciones y recita diferentes texto y composiciones en pro de hacer ver todo lo que ha estado perfeccionando y trabajando en estos años que no aparece por televisión. Y el público pudo así conocer su versatilidad en muchos terrenos. La idea la entiendo y la celebro, pero en los tiempos actuales que corren, creo que hubiera sido más interesante para los espectadores, haberse centrado en alguna de esas facetas porque todas esas iniciativas se me quedaron a medias y con ganas de saber más. Integrar tantas disciplinas es complicado para formar una estructura y un discurso centrado y la sensación son hilos sueltos que no tienen al final una coherencia necesaria. La intención es clara pero la miscelánea es un poco confusa.

Obviando este detalle, lo cierto es que un propio autohomenaje más que merecido por lo más difícil que un artista es capaz de crear, la risa. De explicar su infancia demostrando esa memoria prodigiosa ante la interpretación de un poema muy extenso, explicando anécdotas con gente conocida con la que tuvo la oportunidad de cruzarse en su camino (y me quedé con ganas de saber muchas más), sacar a esos personajes entrañables del programa de Chicho Ibáñez Serrador, hablar de su etapa como actor de doblaje y enseñar gags con los que ha podido ser muy premiado en toda España. Particularmente, yo hacía tiempo que no podía parar de reír con la imitación de unas señoras muy particulares en un programa de televisión donde participó con Isabel Gemio y si esa sorpresa me sirvió para disfrutar del arte de la comedia, es una excusa y un pretexto para que todos los que hicimos “Uh!” en algún momento de nuestras vidas, le devolvamos ese agradecimiento a Ángel Garó desde cualquier patio de butacas.

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