Cero dramas, siempre “smile”


En la entrevista previa que pude tener con Natalia Millán, recuerdo que me comentaba que los puristas de Oscar Wilde no iban a estar contentos con esta adaptación de su conocido libro donde la acción se traslada de la época victoriana a un escenario completamente distinto. Miami y personajes más sacados de una telenovela que del imaginario del genio irlandés. En ese instante, si que podía estar de acuerdo con ella porque bien es cierto que existe público al que no le gusta que modifiquen el ideario y la imagen que mantienen de las obras originales y puede ser bastante cerrados en ese sentido. Pero tras ver “Windermere Club”, hasta yo no me encontré satisfecha con lo que estaba presenciando y no me encuentro en esa categoría de fervientes admiradores de Oscar Wilde. Principalmente, porque si lo que se presentan tiene ritmo, acción y entretiene, nada que objetar, pero en este caso la historia se muestra bastante simple, en muchas ocasiones predecible y no despierta el interés, excepto en momentos puntuales donde se está bailando salsa más que dialogando entre los personajes.


Me disgusta especialmente no haber encontrado una buena obra en este fin de semana que ha podido estrenarse en el Festival de Teatro de Málaga, porque individualmente tiene unas interpretaciones realmente extraordinarias que con un buen guión y otra perspectiva, hubiera surgido un resultado digno de admiración. Teresa Hurtado de Ory vuelve a hacerlo fácil con su naturalidad a la hora de dar vida a sus personajes, ese acento entre yanqui y mexicano le sale como si lo hubiera hablado toda la vida y es una de las muchas aptitudes que tiene esta actriz que tanto me llamó la atención desde “La función por hacer” con Miguel del Arco. Javier Martín hace algo realmente complicado, bailar mal, andar mal y ser un auténtico enclenque y pusilánime durante toda la historia. Muchas veces se piensa que es el rol más fácil pero para nada son personajes agradecidos puesto que la concentración para hacer realmente fatal las cosas y esos movimientos, requiere un esfuerzo que se ve perfectamente en escena. Emilio Buale y Harlys Becerra era una auténtica delicia verles bailar y a la debutante Corina Randazzo, se nota que le hace falta rodar la obra mucho más y profundizar aún mucho más la voz ya que muchos espectadores se quejaron de no poder escuchar lo que expresaba. De mi tocaya, simplemente si saliera por todas las puertas de todos los escenarios del mundo, ya me dejaría boquiabierta. En “Windermere Club” ha sido otro ejemplo de presencia en el escenario, de saber llenar el espacio y el público enseguida se entrega a Natalia Millán. Hace más grandes a sus compañeros de reparto y demuestra una versatilidad exquisita a la que cualquier artista debería aspirar. Un ejemplo de profesional en todos los sentidos.


Lamentablemente estas buenas piezas se encuentran en una mala obra. En una opción que simplemente despierta atención cuando realizan las coreografías y bailan al sol de la música. Quizás si se hubiera planteado un musical, en el que los diálogos tan manidos desaparecieran y se contextualizara en una historia mejor contada y más interesante, este club hubiera funcionado como se esperaba.


Como nota curiosa, si que estaba atenta como en las películas de Hitchcock a ver cuando aparecía el maestro del suspense en alguna escena, a donde se insertaban las famosas y conocidas frases de Oscar Wilde. Pero él decía “El teatro es poesía que se sale del libro para hacerse humana”. Ojalá hubiera habido poesía en lugar de telenovela.

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