Concierto del músico estadounidense John Grant en el Teatro Cervantes. Foto: Daniel Pérez
Concierto del músico estadounidense John Grant en el Teatro Cervantes. Foto: Daniel Pérez

Ver la luz después de la oscuridad

CRÓNICA REALIZADA POR JAVIER ACEDO

Profeso respeto y pleitesía a todo aquel que ha tocado fondo, ha vivido en las catacumbas durante un tiempo y llegado el momento particular de cada uno, esa “piedra de toque” que hace salir del coma vital, ha salido de las penumbras para volver a caminar y disfrutar de las vistas del viaje al que muchos llaman vida.

De esta manera, respeto, admiro y reverencio a John Grant. Más claro no lo puede decir. El norteamericano es un ejemplo de la cantidad de espinas que hay en este mundo y de la probabilidad de que uno acabe herido casi de muerte por todas ellas.

Con un pasado de drogas, desengaños amorosos, depresión y portador del VIH, cualquiera habría acabado en una cuneta, a la vista de todos, señalado y vilipendiado de por vida. Pero John Grant, no. Él acabó preparando un plan de catarsis artística cantando sobre sus desengaños, sus pasiones, sus reproches y sus recuerdos. Y la jugada, como se suele decir, le ha salido perfecta.

Grant es, a día de hoy, un elegante y carismático “crooner” de nuestros tiempos, desgranando su drama vital disfrazándolo de canciones sentimentales, pero despojadas de la paja que muchos artistas pueblan sus discografías, ofreciéndolas al público con una sinceridad y arrojo que sorprende a primera vista para, al momento, sentirse cercano hacia ellas. Y así estaba el público del Teatro Cervantes ante el recital que John Grant ofreció, cercano, eufórico y arrodillado ante el artista.

Concierto del músico estadounidense John Grant en el Teatro Cervantes. Foto: Daniel Pérez
Concierto del músico estadounidense John Grant en el Teatro Cervantes. Foto: Daniel Pérez

Y ahí estaban el artista y su banda – atención para melómanos, el batería era el mismísimo Budgie de Siouxsie & The Banshees – ante una iluminación, entre íntima e inquietante, que hacía que sus siluetas crecieran por todo el escenario, al igual que las canciones que fueron repasando del cancionero de Grant, centrándose más en su último disco, el magnífico “Grey tickles, black pressure”.

Y, aunque faltó alguna perla de su discografía, ahí estaba lo más representado del artista en un setlist bien estructurado, comenzando con su barroquismo romántico, doloroso y de sinceridad aplastante con un pie en el pop de los años setenta bien entendido – podemos hablar perfectamente de una de las facetas de David Bowie – en temas como “Geraldine”, “Grey tickles, black pressure” o “Marz”, canción que representó uno de los muchos momentos en los que el público demostró su agradecimiento con una buena dosis de aplausos al ofrecer uno de sus hits emocionales.

Ya en esos momentos, público y artista estaban cercanos, en comunidad íntima ayudados también por la simpatía y el “spanglish” que profesaba un John Grant pletórico de forma y que tuvo momentos de agradecimientos, de pequeñas anécdotas narradas y de recuerdos con cariño y comicidad – momento “recuerdo a Chus Lampreave”, ahí es nada la calidad humana de este hombre –.

Concierto del músico estadounidense John Grant en el Teatro Cervantes. Foto: Daniel Pérez
Concierto del músico estadounidense John Grant en el Teatro Cervantes. Foto: Daniel Pérez

Pero si había lugar para el romanticismo, también había devoción por la pista de baile, el funk correoso y los sonidos chisporreantes representados por “Snug slacks” y la seductora nocturnidad de “Pale green ghosts” sin dejar de lados las ardientes ráfagas de guitarras y sintes de “Guess I know”.

Tras el sudor, ya en el último tercio de su actuación, volvió a reposarse y a removernos con canciones del pasado, la potente “Queen of Denmark” y una “GMF” dedicada al público, para ofrecer, en los minutos finales, una despedida de auténtico desparrame de baile acompañado del público, ya en pie, coreando la inmensa “Disappointing”.

Aunque, qué duda cabe, John Grant no se podía marchar y dejar a un público entregado y en plena subida de adrenalina sin una buena sesión de bises que funcionó a modo de “apuntes recordatorios del concierto” donde convivieron en pequeñas dosis lo más granado de la velada, el funk de baile suelto (“Voodoo doll”), oscuros malabarismos sentimentales ante la soledad del piano con la desarmante “Drug” y declaraciones de amor sin cortapisas, cálidas y sinceras, como la de “Caramel”.

Porque, como ha descubierto John Grant, vivir no es más que eso, reír, amar, llorar y olvidar. Y nunca se presentan en este orden.

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