“Lo esencial es invisible para los ojos”
Crónica realizada por Adolfo Romero Arana
Quizás es la frase más manida de la historia. El clásico “El Principito” nunca ir santo de mi devoción hasta que supe darle sentido. Hasta que entró de pleno y entonces todo cuadró.
Hoy escribo desde Honduras. Tomé la decisión de enrolarme en un proyecto de cooperación y marchar durante 66 días a Tegucigalpa.
Después de un viaje interminable, con 14 h de escala en Miami, la espalda hecha un siete por dormir en sillas, y con un jet lag inimaginable, aterricé. Y llegué a un aeropuerto enano, en plena “olla”, como llaman aquí a la capital. Porque, cuando ganas altura respecto a la ciudad, solo ves montaña alrededor. Un hecho curioso que deja al aeropuerto de Tegucigalpa como el… ¡Segundo más peligroso del mundo!
Una vez llegué, todo cambió: trapicheo para cambiar euros a lempiras (El lempira, ojo) para que nos dieran más, viajar en la parte de atrás de una camioneta, al aire libre. Saber que el frenazo es deporte olímpico y que siempre se corona con un buen pitido. Sentir la necesidad a cada paso. La incertidumbre en las calles, sucias y embarradas, estrechas a pesar de estar en pleno corazón de la cuidad.
De ahí, a las primeras compras, y el primer choque cultural. La violencia obliga a que la seguridad del supermercado porte una preciosa escopeta. Una sensación extraña y que, reconozco, me hizo sentir por primera vez inseguro.
Todo funciona según los tópicos. El ritmo latino lento y pausado, bachata de banda sonora, alegría a pesar de todo lo que sufren.
Tras comprar algunas cosas básicas, tocaba marcharse hacia mi nuevo hogar. Ahora estoy, y escribo, desde Nueva Capital, un barrio enorme pero tremendamente necesitado: solo dos calles están asfaltadas.
El viaje, previsto en 45 minutos, duró dos horas. De nuevo, en la parte trasera de una camioneta, puse rumbo a mi destino. A los pocos minutos, rompió a llover. Sin toldo, que tuvimos que reclamar porque el frío se hacía sentir.
Y entonces, todo cambió. Algo hizo click en mi cabeza. Pasamos del asfalto al barro. Se acabó sentir una carretera como tal. Piedras, baches, todo lo que puede hacerte sentir que ese no es el mejor medio de transporte. Ver como  aquel que busca transporte pide que el conductor aminore y se encarama a la parte trasera del coche. Niños que juegan a eso, aferrados al metal de la camioneta, sin ser conscientes de que un pie mal puesto, unido a un bache, podría ser fatal.
Cuando llegué, solo quise descansar. Eso sí, antes tuve que cenar, la primera vez acá. Frijoles, tortitas de maíz fritas y queso. Jamás pensé que algo tan simple pudiera estar tan bueno.
Y jamás pensé que en Honduras dormiría mejor que en ningún lado. Del tirón y sin sobresaltos. El sueño me pudo.
Al despertar, nueva aventura. Esta vez a una pequeña escuela, más arriba aún de mi localización. No había nada más que barro y varios barracones que hacen las veces de clases. Fui con una compañera, Amanda, un auténtico encanto que contó conmigo al saber de mi experiencia académica con enfermedades tropicales. Y allí que fui a hablarles a niños de cómo evitar a los mosquitos.
Allí, en la nada, con Tegucigalpa a mis pies, entendí todo. Por qué estoy aquí. Por qué uno deja todo para aventurarse. Jamás me abrazaron más. Jamás me sonrieron tanto. Parece tópico, casi manido, pero es una realidad. Que alguien, que no sabe nada de ti, decida regalarte su cariño solo porque estás aquí para ayudar, transmite una sensación indescriptible. Ha sido ahí, y solo ahí, cuando he entendido que lo esencial es invisible para los ojos.
Hasta la próxima entrega.
¡Compártelo!
Share on Facebook
Facebook
Tweet about this on Twitter
Twitter