“Make your own kind of music”
Cass Elliot
Crónica realizada por Adolfo Romero Arana

Para los que recuerden la histórica serie, la canción inicial no es más que un pequeño guiño a Lost. Pero que sirve de pieza introductoria ante la aventura que vivimos un grupo de 13 personas en una isla al sur de Honduras.
El pasado jueves 4 nos colgamos las mochilas, nos montamos en el autobús más cutre del mundo y nos cargamos de ilusión y ganas de desconectar para disfrutar de una de las zonas de playa del país, Amapala. Amapala es una isla, a la que se accede en lancha, en un paseo que dura unos 15 minutos cruzando el Pacífico.  Sol, el agua caliente del océano y la promesa de cerveza y algo de fiesta para volver a Tegucigalpa con las pilas cargadas, una combinación difícil de rechazar.
Todo comenzó según lo previsto… hasta la tarde. Después de pasar una mañana y un inicio de tarde más que agradables, la isla nos dio la bienvenida con una preciosa tormenta eléctrica, así como lluvia. Yo, de Málaga, reconozco que no sabía que podía caer tanta agua del cielo en tan poco tiempo. Al menos, hasta ese momento…
Porque si bien el tiempo nos dio tregua al día siguiente, no parecía que iba a mejorar. Viernes, tour por la ciudad en moto-taxi (un medio de transporte mágico y digno de un sketch de los Monty Python), algo de playa, comida… y por la noche, a conocer la ciudad como tal. Es importante recalcar que es una zona segura y que salir de noche no conlleva riesgo alguno.
Salvo que caiga el diluvio universal. Quizás la presencia de animales por parejas nos debió alertar, quizás ver a un señor con barba construir un arca también. Pero debe ser la ignorancia del turista porque seguimos a lo nuestro. Lo nuestro implicó levantarnos la mañana del sábado con ¡alerta roja!
Y no, una alerta roja aquí no es “quédate en casa y ponte una peli”. Aquí implicaba evacuar la isla, resguardarse y esperar a que el terreno, saturado casi al 100% por el agua, no comenzara a venirse abajo. ¿Solución? Salir, claro. Debatimos, lo decidimos, nos subimos a una lancha (la última…) pero no. No sale. Demasiada gente y el tiempo ha empeorado. Un militar decía que de volcar y ser nosotros extranjeros, habría un conflicto internacional. ¿Respuesta hondureña? “Pues fuera los extranjeros”. Es la primera vez que he recibido un comentario xenófobo en toda mi vida y reconozco que es lo más incómodo del mundo.
Nos tuvimos que quedar unas horas más hasta que el tiempo se calmó y nos lanzamos a la aventura, casi sin pensar. Una lancha sale, pues nosotros con ella. Rumbo a Coyolito, el pueblo desde donde salen todas las lanchas rumbo a la isla, con la esperanza de encontrar un autobús.
Después de hacer el turista, de recibir comentarios que nos invitaban, no muy amablemente, a abandonar una lancha, y de ver claramente que nuestro color de piel y aspecto físico resaltan, no fue hasta cruzar y ver cómo volvíamos a la capital cuando de verdad me di cuenta de lo que es ser europeo aquí. ¿Que no hay autobuses? No hay problema. Sacad dinero que aquí todo tiene un precio.
Pudimos alquilar un autobús (¡el mismo que nos llevó!) por 7000 lempiras, unos 230 euros. Entre 13, el equivalente a un autobús Málaga-Granada. Ahora bien, aquellos hondureños que no quisieron que entráramos en la lancha, si entraron en el autobús, pues no tenían forma de ir a Tegucigalpa. Así que nos metimos todos de nuevo en el carro, con la esperanza de llegar pronto y bien.
Podría concluir con un final feliz. Decir lo bien que fue el viaje. Pero sería mentir como un bellaco. 6 h de viaje. Cuando deberían haber sido dos, dos y media. ¿Por qué? Porque dimos con un río desbordado. A esperar a que bajara el cauce, claro. Y así pasaron las horas y la paciencia.
Todo fue bien, por suerte. Una vez cruzado el río llegábamos ya al cruce con San Lorenzo, bastante famoso en esta zona, y que cuenta con una buena red de carreteras. Parada en una gasolinera y ahí tenéis a 13 españoles lanzándose al mostrador como zombis. El que atendía tuvo que pasar auténtico miedo al ver cómo cogíamos absolutamente de todo que nos pudiera llenar el estómago en el trayecto.
¿Conclusión? Volvería a repetirlo. Qué sería de esta experiencia si no hubiera emoción y aventuras.
Aunque espero que la próxima entrega sea menos peligrosa para mi salud.
Hasta entonces.
PD: We have to go back!
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