LA SONRISA DE MI CALLE

Somos sociedad de Quasimodos.
Hemos involucionado doblando el cuello para fijar el rumbo en una pantalla.

Ya no conocemos de que material son los techos de las cadas por las que transitamos en nuestro día a día.

Una pérdida de respirar aire fresco permitiendo una desconexión sanadora.
Y en esa caída vertiginosa también nos vamos haciendo dependientes de los estímulos, como si fueran la carga que nutre la energía de lo que resulta importante.

Yo quise poner freno para mirar siempre arriba.

No quiero ser cómplice de un asfalto que me invita a caerme, y no creer en la sociedad que me rodea.

Decido traspasar los móviles y la cabeza gacha utilizando como arma una sonrisa, y en todas mis pruebas de ensayo y error logro la mini victoria de conectar con alguien, y que esa mirada inicie a considerar ver los ojos, y no deslumbrarse con imágenes sin memoria.

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