El ciclo “Terral” que ha tenido en su programación una gran variedad de estilos musicales cierra su temporada en este 2017 con el británico que ha causado mayor expectación en este último año, sobre todo a raíz de la publicación de su libro “Instrumental” donde narra sus vivencias más dolorosas y con las que ha logrado salir adelante gracias a la música. Esa fuerza ha contagiado a muchos lectores, tanto entusiastas de la música como propios del gremio, logrando crear un estilo personal a la hora de tocar el piano que se pudo comprobar anoche en el Teatro Cervantes.

Logró llenar el aforo en un ambiente de intimidad y concentración que se focalizaba en una luz que centraba sus movimientos delante del piano durante todo el concierto. James Rhodes es como un superhéroe con diferentes identidades que se marcan con la retirada de sus gafas. Sin el instrumento, se coloca las lentes y se nutre de ironía actualizando cual serie de “Sherlock”, las consideraciones que tendrían los compositores clásicos de los que se nutre en sus repertorio como Bach o Chopin en la actualidad, planteando si utilizaran facebook o instagram o quisieran hacerse un selfie.

James Rhodes durante su concierto en el ciclo "Terral" en el Teatro Cervantes. Fotografía de Álvaro Cabrera
James Rhodes durante su concierto en el ciclo “Terral” en el Teatro Cervantes. Fotografía de Álvaro Cabrera

Al quitárselas, despliega sus dedos con un grado melancólico que se transformaba en fuerza en determinados momentos, y recurre a sus ticks rozándose la nariz, mientras no separa su mirada de las teclas y cómo si llevara la melodía inserta en su piel, ofrece la mejor versión al público de su repertorio con piezas como la ‘Partita núm. 1 en si bemol mayor’ de Bach, ‘Balada núm. 4 en fa menor’ de Chopin o la ‘Chacona en re menor’ de Bach y Busoni.

Entre tema y tema, hay lugar para confesiones propias del artista en las que no deja de mirar al suelo y se denota un sentimiento de humildad muy contundente, al que se le escapa una sonrisa nerviosa como si no se creyera todo lo que le va sucediendo. Entre esas notas más humorísticas, pide perdón por el Brexit o tararea un poco del conocido “Despacito” marcando su comienzo de vida en Madrid desde hace diez días, e incluso da pie a ofrecer datos curiosos de los músicos a los que ha decidido reinterpretar al piano. Es una tarea como la que han defendido músicos como Ara Malikian, en beneficio de acercar la música clásica a todo tipo de público, y es característica común el hacerlo de una manera atractiva y dando lo mejor de sí mismos en el escenario. Así que nos queda celebrar el que vayan teniendo éxito este tipo de iniciativas.

Es una transformación especial, ir desligando esta información didáctica y a la vez divertida y, al mismo tiempo sentarse al piano y vibrar con cada nota que maneja en esas teclas que parece que tienen su propia vida. Y, por cierto, es un tema recurrente por el que escoge sus interpretaciones, esa constante celebración de la vida y la muerte. Lo que les marcó con trayectorias muy difíciles en esa época y que él compara con sus propios sacrificios. Les pone en valor de lo que significó su trabajo musical y, como se sigue practicando hoy día. Y. además, es un virtuoso que convierte en absoluto placer todo lo que plantea encima de un escenario, hasta apoyarse en el banco y tocar con una sola mano el piano. Aprovecha bien su tiempo y hace disfrutar al público desde el primer momento.

Y mantiene esa intensidad hasta en los silencios, cosa más que complicada de conseguir. Él expresa en su libro, “Hay ochenta y ocho teclas en un piano y, dentro de ellas, un universo entero”. Ese mundo lo creó, sin duda, en este concierto y habrá que estar más pendientes de todo lo que puede explorar en el futuro.

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