VIENTO DE LIBERTAD

En estos tiempos convulsos es reconfortante que el teatro recoja ese testigo para plasmarlo en una de las obras revolucionarias de nuestra literatura, e inteligentemente se le haya dado esa vuelta actual conservando las ideas, pero reinterpretando la manera de transmitirlas en un ejercicio de Rakel Camacho, en defender y plasmar plásticamente nuestro propio folclore junto al de otros países, y reivindicando el cuerpo y la danza como maneras de expresar unión y fuerza común.

La escenografía, la música y las luces han jugado indudablemente un personaje más, en este ímpetu revolucionario del pueblo que labra la tierra contra el comendador que les roba,  no solamente su dignidad o su trabajo, si no también lo más importante para todos, su libertad.

La música en directo ha sido un regalazo para entrar aún más en esas atmósferas de tribu, muy ancladas en el mundo rural, donde permitía que la acción avanzara progresivamente con el objetivo de ir llegando a esas escenas más dramáticas, y a unas transiciones que permitían a los actores modificar en pequeños movimientos todo un lujazo de escenario que no dejaba de sorprender, y cuyos objetos servían para profundizar en aspectos precisos que se requerían en esas escenas. Y principalmente que no se perdiera el ritmo, que mayormente es lo que se logra en este transcurso de dos horas que dura la función, con algunas escenas suprimibles o que se pudieran desarrollar con más agilidad, pero el conjunto es bastante óptimo en cuanto a no perder el interés de todo lo acontecido.

Contemplar desde el patio de butacas esa iluminación ha sido otro detalle importante a destacar, porque si me evadía de la parte discursiva, muchas de esas posiciones eran auténticos cuadros o bodegones maravillosos de observar. Igualmente se lograban sacar sonidos muy interesantes de los materiales con los que se contaba, y era también brillante comprobar cómo esos detalles sonoros tenían su sitio bien dibujado en el transcurso de la representación.

La directora no ha querido contar simplemente con grandes voces y actores que pudieran plasmar a los personajes en esa separación de clases sociales, si no que en un trabajo arduo de adaptación remarca la esencia de un clásico que sigue vivo, le añade sutiles toques de humor para destensar en el personaje de Mengo, y porque desde esa comedia también se comunica la tragedia del contexto general, y finalmente potencia la fuerza de la cultura en hacer historia con nuestras raíces y en el recuerdo colectivo de que el pueblo unido jamás será vencido, en una era de este siglo XXI donde a pesar de tanta comunicación parecemos más incomunicados que nunca. Al público nos llama la atención, también, a lo que mi madre llamaba una sociedad borrega, y en muchos instantes de la obra nos interpelan directamente al público como ovejas indicando un claro, y para mi acertado acento, en que nuestra sociedad reaccione para que no haya tiranos traidores a los que queramos dar muerte. Es un aviso a navegantes para poder unirnos, y en especial a las mujeres, porque era realmente clarificador ver a esas intérpretes en primera fila de escena aclamando su honor y que no haya más Cid Campeadores, siendo nosotros las amazonas de nuestro propio destino.

Por ponerle una única pega referida también a esta parte más cómica, durante la representación aparecen elementos más contemporáneos que rompe aún más la estructura clásica de un teatro como «Fuenteovejuna», que lo que consigue es provocar sonrisas cómplices del público, pero a mi particularmente me distraía, y me era fácil volver a la trama principal porque estaba ya metida en el lenguaje y el universo, pero volviendo a aparecer de nuevo, me despistaba y menguaba ese entusiasmo por la fuerza tan brutal del montaje, que me parece innecesario jugar con esa utillería durante la trama.

Mi apartado destacado es para los actores. Pedro Almagro, Mikel Arostegui Tolivar, Lorena Benito, Carmen Escudero, Mariano Estudillo, Cristina García, Jorge Kent, Pascual Laborda, Vicente León, Lucía López, Cristina Marín-Miró, Chani Martín, Eduardo Mayo, Nerea Moreno, Laura Ordás, Jaime Soler Huete, Fernando Trujillo, Adriana Ubani y Alberto Velasco. Uno me imagino que sale entre extenuado y feliz de cada una de estas funciones. Mi agradecimiento es primeramente por la entrega a sus personajes que hace que el público recibamos toda esa revolución necesaria, y lo he hasta pasado mal con las escenas más violentas y agresivas, pero después para mi ha sido fundamental el respeto a lo que estaban interpretando. Me siento honrada y feliz de haber sentido esas canciones cantadas desde el alma que me han emocionado tantísimo, además con una percusión y alegría que representa cualquier tema popular que forme parte de la idiosincrasia de muchos pueblos. Cada uno ha tenido sus momentos, y todos conocemos los cúlmenes de muchos de los personajes, pero lo imprescindible desde mi corazón teatrero es que como en «Fuenteovejuna» han ido todos a una.

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