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Un patio de vecinos donde la vida trancurre. Donde detrás de cada puerta cerrada, se esconden mil historias que contar. Imagínense las que se quedan abiertas.

No es un argumento sólido que busque la trama más original con una puesta en escena que asombre al espectador. La directora, Marina Seresesky (con la que me solidarizo con su apellido complicado) no ha querido plasmar imágenes que nos sean ajenas, diálogos complicados o un giro de trama que desestabilice nuestras mentes. En «La puerta abierta» se habla de amor y de soledad. De lo que no nos decimos porque no hace falta. Y de lo que nos podemos refugiar en personas que aparecen en nuestra vida y forman parte, de forma natural, de nuestra propia familia.

En la película conocemos a Rosa, una prostituta que hereda los años que su madre «María Luján» (adoptando el nombre de la protagonista de «El último cuplé» de su admirada Sara Montiel) le ha dedicado a la calle y a ganarse la vida de noche, durmiendo de día. Y en ese cónclave de sudamericanas, rusas y travestis vamos descubriendo muy fácilmente el mundo que las rodea, que puede ser sin problema el nuestro. Cada uno con su propia manera de afrontar las cosas pero ayudándonos algunos y otros estando al quite para poder criticar lo que hacen. De ese universo, una tragedia produce que una de las niñas del edificio quede sola y encuentre refugio en esa puerta que siempre se encuentra abierta. Y ahí desestabiliza todo el mundo de Rosa y su familia. Hasta tal punto, de replantearse su manera de comunicarse y, principalmente, la de no comunicarse.

La gran virtud y así está planteado en el film, son las grandes interpretaciones de los tres actores. Ojalá Carmen Machi no vuelva a pisar la televisión para que siga deslumbrándome en los papeles que Miguel del Arco le brinda en el teatro o ella decida hacer este tipo de papeles en el cine. Está contenida con mucha emoción, desbordando rabia pero dejándose atrapar por la ternura cuando no tiene remedio y consigue uno de los mejores papeles que le he visto interpretar en su carrera. Terele Pávez parece que tiene la parte fácil, la más cómica y locuaz, pero le denota una tesitura particular y un saber estar al que sólo llega el que ha atesorado tantos papeles. Me encanta las relaciones propias que tiene con cada uno de sus compañeros, le da ese toque perfecto para entender perfectamente lo que está pasando. Y Asier ni me sorprende que esté brillante porque es, sin duda, uno de los mejores actores que tenemos en nuestro país. Y aquí lo vuelve a demostrar. ¿Cómo un tío tan grande consigue hacernos sentir que sea lo más pequeño del mundo?. Un don que pocos son capaces de utilizar como él. Esa entrega a su profesión y hacia los que compartían cada escena con él.

Cualquiera de ellos se merece estar nominado para la próxima edición de los Goya pero sería imperdonable que Marina Seresesky no vaya de cabeza a conseguir esa nominación a dirección novel. Su opera prima es una muestra de los excelentes resultados que se pueden sacar de un buen guión. Son diálogos que has podido escuchar en tus diferentes generaciones o en tus propias experiencias pero que, en boca de estos protagonistas, son auténticas lecciones que deberíamos asumir y alegrarnos que se les haya presentado esa importancia ante nuestros ojos. Marina ha ejercido una dirección muy apropiada de actores en los que ha sabido sacar el mejor partido de ellos. Ha podido, además, aprovechar los espacios que tenía y marcar esas historias en las diferentes estancias de ese patio de vecinos. Y te logra sacar la sonrisa cuando menos parece que puede surgir, al igual que esa emoción que se queda con el cuerpo traspuesto y que te deja en un limbo en el que entiendes que cada día es un altibajo que hay que superar, con sus aspectos más positivos y lo contrario.

«La puerta abierta» es un genial trabajo de cine español porque narra lo cotidiano bien contado, te hace reír y vibrar de sensibilidad, juega con todos los elementos que puede disponer a su alcance aprovechándolos a lo que necesitaba y te deja al salir del patio de butacas con la sensación de haber disfrutado de una buena historia.

Nota: 8 Arcones

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