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Hay un problema cuando nos enfrentamos a una película donde ya sabemos de antemano que son más dos horas de proyección, y es que el ritmo debe compensar el nivel de atención. Atraparte de tal manera lo que estás viendo en la gran pantalla, sea con silencios o sea con una sucesión de escenas más dinámicas no haga al espectador que se acuerde de cómo está colocado en la butaca, y siga buscando posturas para seguir el hilo de una historia.

No tendría que ser un handicap en el caso de «La trinchera infinita» porque lo cierto es que habla de un aspecto de la guerra civil que no se había tratado en películas de esta índole, y me refiero a la situación de muchos topos que se refugiaban en escondites en sus propias casas para que no les encontrara el bando nacional. Pero desafortunadamente la propuesta no es tan sustanciosa para que no te acuerdes de mirar el reloj de vez en cuando.

Jon Garaño, José Mari Goenaga y Aitor Arregi utilizan mucho la cámara en mano y una propuesta fotográfica que resulta lo mejor de este film, para jugar con la sensación de claustrofobia y angustia, y os aseguro que se logra. Además lo que más me llamó la atención era ver las persecuciones e injusticias en la mirada de Antonio de la Torre escondido en su particular espacio y tomando decisiones arriesgadas tanto para él como para su propia familia. Pero mientras iba sucediéndose cada unos de los aspectos de la trama se iba perdiendo mi interés.

Soy malagueña y defiendo mi acento y la riqueza y diversidad como nadie. Recientemente además con debates originados por series de televisión como «Malaka» donde fue cuestionada su calidad por este aspecto. En este caso audiovisual, esas conversaciones son las naturales de la calle donde no hace falta entender todas las palabras con exactitud cuando el contexto te lo decía todo, pero es que además no había ningún problema en seguir ningún hilo, no hacía falta destacar o exagerar nada. Entonces al escuchar cómo lo hacen tanto los personajes de Higinio como de Rosa, me dio mucha rabia.

Es una especie de habla que he podido seguir en mucho contenido de teleseries o programas más concretos hablando de nuestra tierra que me suena exagerado y sobreactuado. Y lo siento de veras porque era una pareja protagonista que me moría por ver en pantalla. Pero no reconocía ni a mis padres ni a mis abuelos comunicándose o emocionándose en sus diálogos. Eso me hizo desconectar muchísimo de lo que estaba pasando. Sin embargo Vicente Vergara como Gonzalo o Nacho Fortes como el cartero Enrique, afortunadamente me dieron lo que necesitaba, ese andaluz coloquial que dice todo con la emoción y no hay que buscarle un carácter aspirando letras o enfocando entonación como si cantáramos todo el rato, Bravo por ellos y por su trabajo que es brillante.

Lo que es la progresión de la historia está bien pensada en cuanto a cómo avanza la propia vida de este matrimonio, pero los silencios y el hecho de querer dar tanta simbología repitiendo en ocasiones muchos de esos miedos y malas decisiones hace que, aunque avancen mucho de los contenidos que quieren mostrar, parezca que se está contando otra vez lo mismo desde otra perspectiva. Y el enfoque, además en ocasiones, es muy forzado. Quizás si se hubiera planteado todo el rato desde esa mirada de Antonio de la Torre en ese hueco en el que sólo trasluce su realidad, con menos tiempo de metraje y con el dramatismo que ya la propia atmósfera crea, y no el que han querido construir los realizadores porque la sensación es más de teleserie de muchos capítulos, en detrimento de esa tensión claustrofóbica, injusta y ya tan determinante que con pocos elementos ya se hubiera logrado ese objetivo. A veces es mejor no complicarse y creo que «La trinchera infinita» hubiera sido de mis favoritas de los Goya, pero en este caso ha sido otro hueco para esconderse y que no brille a la luz.

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