Crítica «Yo no moriré de amor» – 29 Festival de Cine de Málaga
BIBLIOTECA EMOCIONAL FUERTE
Si ayer nuestra gran apuesta fue «Ivan&Hadoum», hoy también hemos empezado esta sexta jornada en el 29 Festival de Cine de Málaga con una película tan real como la vida misma de su directora, apostando por el tono propio, y donde todo el equipo a una expresa el dolor, los miedos y el amor que supera cualquier enfermedad inesperada en el seno de una familia, donde todo acontece de manera prematura siendo todos extremadamente jóvenes.
Si no hubiera existido «Cinco lobitos» que fue mi liberación y salvación en el duelo de mi madre, hubiera necesitado una historia como ésta, como bien ha reflejado la directora en rueda de prensa. Hay una verdad reconocible en esas relaciones donde cuando el desorden caótico altera la cotidianeidad, resurgen los egoísmos y las culpas a los demás. Pero también la dureza de asumir que ya la vida no va a ser igual, y que los días deben pasar uno tras otro, hasta que suceda lo inevitable. Es muy duro, y a la vez necesario contarlo, por como expresaba Marta Matute sobre que todas las personas que hemos pasado por esa misma situación, nos sintamos acompañadas. Es muy importante dar a valer esa circunstancia, y en este caso está humanamente acertada y precisa.
Me ha gustado todo el elenco en un ejercicio donde se denota que han trabajado muchísimo en cada pequeño detalle, y para plasmar la propia idiosincrasia de cada personaje. Y es cierto, que por extrañeza, quién puede captar más la atención y el cariño es el de Júlia Mascort por esa adolescencia caótica, donde tiene que madurar en tiempo récord, y con unas exigencias que son muy duras para esa época. Pero yo me quito el sombrero ante Sonia Almarcha, y el respeto a esa dolencia degenerativa que ha plasmado en su cuerpo y en su ser llevando todo su corazón en cada escena de una forma espectacular. Sin duda, es el valor y motor de «Yo no moriré de amor». Particularmente una escena en la que acaricia a su hija conservando ese instinto materno, que hace que te derritas en cada gesto aunque sepas que es algo momentáneo pero de un valor tremendo.
El tiempo cronológico ayuda a contextualizar el paso del tiempo y la enfermedad. Porque al principio del film sabemos que algo pasa, pero enseguida descubrimos las piezas y cómo cada rol va a ir evolucionando en función de cómo se va deteriorando esa dolencia. No se centra en ningún tipo de denuncia hacia todo lo que sucede alrededor de esta temática, aunque se subyace de las dificultades de la ayuda a domicilio y las residencias, pero lo principal es la comunicación, o más bien la falta de ella, entre los miembros de la familia cuando sucede un acontecimiento que cambiar el rumbo de sus vidas, y hay que tomar decisiones importantes entre todos.
Las escenas que reconocemos todos donde se pierde el control, y la agresividad toma forma de manera acuciante también es algo que se resalta perfectamente en «Yo no moriré de amor». Quién no haya pasado por ello, se le hace incomprensible pero para quienes, por desgracia, hemos pasado por esa situación es reconfortante ver expuesto que no siempre se puede controlar tanta tensión, monotonía y tristeza. En algún momento se tienen este tipo de reacciones muy violentas, que es muy agradecido que se expongan para que esa labor empática tenga más efecto y comprensión.
Ojalá este guión se hubiera cruzado en mi vida en 2022. Así que deseo que esta increíble narración cinematográfica, que tardó cinco años en hacerse realidad, pueda ayudar y acompañar a tantos cuidadores que, en muchas ocasiones, nos sentimos muy solos con lo que palpamos en nuestro cuerpo. Y ese abrazo cultural alivia mucho dolor.






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