LAS MANOS QUE JAVIER OJEDA SIGUE ESTRECHANDO

El vino es como los años que dicen que se bebe mejor con el tiempo. Javier Ojeda está en esa etapa de encontrarse en esa madurez maravillosa en la que seguir brindando para sorprender al personal, que le ha seguido en todos sus años de trayectoria musical. Lo menciona mucho, además, en la presentación de su último disco «Decantando» en las fantásticas «Noches de Gibralfaro» que disfrutamos ayer viernes en el necesario frescor de la noche malagueña.

Este cohesionador de mejunjes reunió ayer un gran abanico de músicos excelentes que mejoraron y brindaron su excelente calidad en las canciones que quiso rescatar y las que quiso presentar de su nuevo álbum. Daniel Lozano, Yohany Suárez, Agustín Sánchez, Bárbaro Pimienta, Carlos Rossell, Paco Vílchez y Janine Beltrán, con la sorpresa de Sergio Fernández y Enrique Oliver dándole ese toque jazzero e improvisador que le da un toque espectacular a las canciones del intérprete malagueño. Además Isaac Aguilera también participó en la parte más intermedia del concierto hasta el final, como Olga y Patricia en los coros de algunos temas.

El azul fue el color escogido de vestuario para que Javier Ojeda empezara a reconocer a la gente querida entre el público. Es algo que le ha caracterizado siempre desde que disfrutaba de mis primeros conciertos de Danza Invisible, además de ese nerviosismo transformado en adrenalina pura que le hace recorrer cada parte del escenario y mover todo su cuerpo con esa energía que ha conservado, y creo que incluso despliega más aún, en todo este tiempo.

Sin aguantar con el micro mucho tiempo en su pie, como tantas cosas que revolverá y no se quedan en su sitio recupera «El orden del mundo» que tiene esa vigencia, se cante cuando se cante, y ya ese protocolo con el público empieza a perderse para dar rienda suelta a brazos, caderas y darse cuenta que es una de las canciones que conoce su público y le gusta hacérselo saber. Maravilloso por cierto ese final de «y todo queda como está».

Ojeda habla de la vuelta a la acción después de este año de mierda. Se le nota que no quiere andarse con rodeos y transmitir el mal momento que ha pasado la música, y la cultura en general. Escuchamos «La mujer ideal» con esa característica especial de su voz que me apasiona que es ese vibrato tan propio de él, que no puedes ni averiguar cómo puede hacer esa magia con tanta facilidad. El tema cobra una vida propia tremenda mezclándole esa parte más rockera, más esos cambios del jazz, que dentro de lo que parece un desequilibrio está todo perfectamente organizado y armonizado. Ojalá todos sus temas sigan teniendo esos arreglos.

El intérprete avisa que el concierto va a ser muy dúctil, y es cierto. Las canciones se mueven con facilidad por diferentes estilos, atmósferas y paisajes. Ese «Tiempo de amor» suena más cafre que la versión original, mucho guitarreo y unos coros súper chulos por parte de Agustín González. Por cierto, dura poco en el escenario y Javier Ojeda se va acercando ya a la gente, en esa necesidad imperiosa que siempre tiene de buscar a su gente, y demostrarle su cariño. También podemos disfrutar de algo de acting con sus músicos y ese rapeo que cuando incluye en sus canciones, sorprende bastante.

Lo siguiente que escuchamos es «un poquito más suave» y era una de las favoritas de mi padre. «Agua sin sueño». Tengo el precioso recuerdo de él cantando «tu húmedo tálamo», y yo pequeña inventándome esa parte y él explicándome qué significaban esas palabras. Ayer al disfrutarla en esa noche paradisíaca me volví a conectar con él, y creo que me respondió algo así como que ya crecidita tengo esa lección que no se me olvida. Así que gracias a toda esa banda de Javier que me permitieron esta experiencia.

Este amante de los mogollones, como él expresaba, nos regala la increíble «A tu alcance». Belleza musical indiscutible, para luego deleitarnos con «El brillo de una canción. Y volvemos a su «Decantando», para la versión un tema que, entre otros, interpretaron Jerry Lee Lewis o Bruce Springsteen, y que menciona por primera vez a un vino español, ellos lo llaman «cherry» pero en realidad es el de «Jérez», y a lo Tom Waitts total, Javier Ojeda traslada este «Be-bebiendo sin parar» a la zona oeste de Málaga, como si estuviéramos en nuestro propio Nueva Orleans.

Vaya sorpresa a la que le han cambiado todo. Y es que «Catalina» se ha vuelto más afro que nunca y suena fenomenal. Reconozco que sí he echado de menos, como hacíamos en la versión original de cantar lo de «No, no, no, no puedo darte ná, no no no, Catalina, ná». Pero es nostalgia de vino añejo. Ah, y ese toque de jazz también le vienen fenomenal a la que se aproxima a nuestras vidas.

Del nuevo disco, nos interpreta » No sé decirte adiós». Que también son de esas baladas que le quedan como el traje azul que lucía en el show, y que me gusta verle cantar a pie de micro y sacando su gestualidad con una mano, además de volver a salir ese falsete tan especial que deja boquiabierto a todos.

Durante todo el espectáculo, Javier Ojeda deja que los músicos salgan y entren quedándose como director de orquesta pero dejando mucho a los cambios de guión y a las improvisaciones, como si sacara lo mejor del mundo del jazz para aprovecharlo en su beneficio. Y de aquí sacamos «Un puntito», el joven y apolíneo artista le echa bemoles y sostenidos para que el público se anime a bailar como un ritmo beat, en el que cerquita mío puedo ver como ha contagiado a la madre y al  hijo del artista. Y la fiesta sube arriba, se pasea de nuevo por el público para interpretar «El vino se acabó, y por supuesto la chaqueta ya pasa a mejor vida.

Aquí sucedió otro de los momentos importantes para mi del show. Hablaba Javier Ojeda de que en las redes sociales la gente se interesaba por las frikadas o tonterías propias que se publican, nos confesó que gracias a Isaac Aguilera había aprendido edición digital, y que se había dado cuenta que no había músico que no estuviera empezando algún proyecto nuevo. Entre esas anécdotas, nos contó que le habían creado un sticker que se titulaba «os voy a freír a ensayos». Y yo, se lo agradezco porque hacía mucho que no escuchaba «La deuda de la mentira» como la escuché ayer en acústico y con ese fantástico coro de Janine Beltrán, y es que si trucos ni mentiras no se puede vivir. Otra de las favoritas de mi padre.

Y desembocamos hacia el momento final de esas dos horas de concierto con «El joven nostálgico» y «Oiga camarero», y las propinas, a lo Ara Malikian, con «Al amanecer», «Sin aliento», como no, «Sabor de amor» y finalmente desnudándose casi por completo, literalmente además, para concluir con «El ángel caído».

Pues sí que tiene sentido hacer música después de más de 40 años, hacerla de muchas maneras y con muchos estímulos, a lo solista o con banda pero que siga siendo ese disfrutón que crea recuerdos para todos nosotros. Que siga siendo ese buen vino que como una buena película dura un instante y te deja en boca sabores de amor.

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