Crítica «Mi querida señorita» – 29 Festival de Cine de Málaga
ES HERMOSO AMAR Y SER LIBRE AL MISMO TIEMPO
Reconozco haber vivido un sentimiento de comprensión brutal desde el patio de butacas. Muchas veces de manera ignorante hemos opinado sobre los sufrimientos que desconocemos, y los minimizamos o ponemos en cuestión porque nos falta esa posición de comprensión de una manera más extrema. Eso me ha sucedido al contemplar de nuevo, desde otro enfoque, «Mi querida señorita». No es un aliciente expresar que se sufre durante toda una película, pero todo ese recorrido emocional ha sido un antes y después en mi vida, para ponerle en la piel de una persona que no entiende su propio cuerpo, y se cuestiona de una manera dañina afectando a toda sensibilidad, con miedos eternos por esas preguntas lógicas sin respuesta.
Al ver ese título dentro del Festival de Cine me fui directamente a la película del mismo título protagonizada por Jose Luis López Vázquez, y dirigida por Jaime de Armiñán, y es que Javier Calvo y Javier Ambrossi le pidieron al realizador, Fernando González Molina, que la revisitaran y actualizarla poniéndole luz a las sombras que aún albergaba, dándole también ese homenaje por ser un hito y revolucionaria en la época, aunque también defendiendo aspectos que se alejan de este origen fílmico.
Desde el principio somos conscientes de una angustia por falta de información de su propia vida. Se comparte una dualidad de nombres que corresponde a esa identidad poco concreta de un concepto para muchos desconocido como es la intersexualidad. Es un término general que abarca a un amplio grupo de personas cuyas características sexuales no encajan en las “normas” binarias típicas de masculino o femenino. Es importante destacar que la intersexualidad se refiere a características biológicas y no a la identidad de género ni a la orientación sexual: las personas intersexuales pueden identificarse con distintos géneros y tener muchas orientaciones sexuales. Pero Adela, la protagonista, no conoce esa realidad. No sabe por qué tiene que hormonarse. Esa necesidad de protección de sus padres hace que se sienta insegura, que sus miedos afloren en todo su ser y que no libere sus emociones de forma natural.
El elenco está inmensamente brillante al servicio de la causa, pero quiero destacar especialmente la sensibilidad llena de aristas amorososas, decididas y comprensivas de Anna Castillo en el que considero que es uno de sus mejores papeles, y donde especialmente su mirada hacia Elisabeth Martínez, hacía comprender aún más todo ese amor que les une más que los diálogos o cualquier palabra. Es ese bálsamo que no quiere que nadie tenga dolor, y es un regalo ver ese trabajo tan cuidado.
La historia está perfectamente dirigida porque adecua perfectamente los contextos del momento, pone al límite de las emociones toda la tensión de todos los personajes y hace partícipe al espectador de cada evolución con diversos roles importantes que permiten que encuentre ese alivio y soporte a una constante incomprensión del mundo, y de lo que le sucede interiormente. Adela es una persona que vive en una jaula y se le han acumulado tantas capas que no sabe cómo salir de ahí, y cuando sale, rompe con absolutamente todo, cometiendo errores pero a la vez reconstruyendo esas capas que sí le pertenecen a ella.
Y en esa época, el daño que puede hacer esa burla desde el desconocimiento y la crueldad con los motes y el dejar a estas personas de lado para que no se sientan integradas en ningún grupo. En «Mi querida señorita» mucho del entorno que rodea a Adela les explica por qué también se han sentido como ella, y ahí podemos hacer un contexto de tantas personas que lo han pasado mal simplemente por expresar su manera de ser. Esa oscuridad salvaje que tiene su consuelo en lo que finalmente se deja vivir y experimentar.
Y como dice el delicado y maravilloso cura, interpretado por Paco León, la vida es pasión desde Cristo a Mónica Naranjo. No hay que encajar con nadie, todos somos únicos y nos tenemos que querer tal y como somos.






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