HERIDAS QUE SANGRAN

Visualizando las obras de teatro que están pasando por esta edición del Festival de Teatro, y algunas que ya tuve ocasión de descubrir a finales del pasado año, denoto que la tendencia para proponer historias al espectador, es que éste salga con la sensación de no haber entendido nada de lo que ve, pero que le guste todo lo que está contemplando en escena. Una práctica que se está poniendo mucho en común y que escucho que copan la mayoría de comentarios de los espectadores que salen del patio de butacas.

Haciendo una reflexión después de ser público de “Sueños” en el Festival de Teatro de Málaga, vuelvo a escuchar esas sensaciones y quizás hay que mirar desde fuera del espectro actual teatral, si éste es el sistema en el que gran parte de las propuestas van a ir encaminadas. Y no lo digo porque al público siempre haya que ponérselo fácil porque ejemplos de desestructurar una historia o contarla de mil maneras diferentes existen ya se han hecho muchas veces, y ese ejercicio de concentración y de utilizar la imaginación por parte del espectador forma parte de una experiencia teatral plena. Pero no creo que siempre deba ser la vertiente por la que hacer llegar las tramas escénicas.

Dicho esto, chapeau para el señor Juan Echanove. No sólo porque es teatro en su ser, sino porque la verdad tanto física como vocal en esa decadencia barroca por la que nos lleva hasta su muerte, es digna de ser contemplada por todas las almas teatrales que nos encanta emocionarnos con este arte. Qué profesionalidad, qué solidaridad y qué entrega la que despliega este artista por todos los poros de su piel, y cómo no simplemente memoriza esos textos sino que les da ese empaque y esa atmósfera que un rol tan importante como el de Quevedo merecía trasladar a los espectadores. Ha sido impresionante entrar en sus sueños y vivir sus alegorías a través de su mirada.

El resto del elenco cumplen con el papel que se les pide y tienen su cometido bien merecido y defendido. Son ayudados para lograr esos diferentes universos dentro del infierno helado gracias a un gran trabajo de escenografía de Alejandro Andújar, una iluminación sutil y sublime de Juan Gómez Cornejo y para mí, principalmente, una propuesta musical más que interesante y acertada para dividir escenas y acrecentar aun más los sentimientos que se tenían que transmitir, siendo como tenían que estar “enfermos de esos sueños de Quevedo”.

No es una mala opción para saber cómo se puede disfrutar de Juan Echanove en el escenario y descubrir una propuesta oníírica que te va a hacer transitar por diferentes mundos, sin sentido o que se tienen que implicar dejándose llevar por completo. Pero es una obra extensa en duración que siendo conscientes de ese ritmo y propuesta que no deja títere con cabeza, y eso es otro punto a favor por utilizar esa parte crítica, irónica y mordaz de Quevedo para plasmar esa corrupción barroca, que llega a formar parte de nuestras vidas actuales, pero hay que tener en cuenta esa circunstancia para preparar el cuerpo y disfrutar de pleno de estos “Sueños”.

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