DONDE HABITA EL OLVIDO

Tras terminar la función de “El padre” en el Teatro Cervantes me acordé, y hablando de memoria es más curioso aún, de la canción de Joaquín Sabina, “Donde habita el olvido”, donde expresa “y la vida siguió, como siguen las cosas que no tienen mucho sentido…”. Es lo que más me hizo reflexionar sobre esta propuesta realizada por José Carlos Plaza con la inigualable e increíble interpretación de Héctor Alterio. La vida sigue y nuestros recuerdos van y vienen en un viaje, donde en ocasiones nos amparamos en repeticiones en las que nos sentimos seguros y, al mismo tiempo, en las personas a las que queremos profundamente aunque no nos vengan sus nombres.

Esto es la máxima de “El padre”. Sentir absoluta empatía por ese deterioro neuronal que el paso de los años hace que se acelere con mayor fuerza mientras van pasando los meses y las horas de ese reloj al que se adhiere como un niño pequeño, nuestro anciano protagonista, Andrés. Se logra gracias a una propuesta dramatúrgica sorprendente en el que lo observamos y nos enteramos de todo, gracias a la mente del personaje de Héctor Alterio. Y, en ese desarrollo de la función, vamos sintiendo sus confusiones y sus miedos. Es un ejercicio escénico absolutamente adictivo y brillante, en el que nos cercioramos que este actor lleva la profesión en cada uno de los sentidos, y es capaz de hacerte llevar por donde a él le de la gana. Supongo que para sus compañeros es un aprendizaje constante cada día de representación, pero para el espectador es un profundo agradecimiento de que te haga tan partícipe de su viaje y se viva una intensidad en la trama que resulta única y maravillosa, a pesar de ser un tema emotivo que a más de uno nos hizo saltar unas lágrimas, de esas que necesariamente sirven para limpiar el alma.

Cabe destacar el gran trabajo interpretativo de Ana Labordeta como Ana, la hija de Andrés que se muestra profundamente preocupada por su estado de salud pero que, a la vez, quiere centrarse en su propio futuro y se siente presionada por su entorno para que, de una vez, piense en ella. Es un sentimiento que fácilmente nos puede ser identificable pero, al mismo tiempo, esta actriz le da una ternura complementada con verdad que hace de su personaje, algo realmente sublime y bello. No se le puede dejar de prestar atención en cada uno de sus diálogos con Héctor Alterio, y cumple perfectamente el rol que debe desempeñar para ayudarnos a entrar en esa locura de actores y actrices que salen y entran con diferentes características, y descubrir qué es lo que está pasando en cada momento. Igualmente quería destacar la labor de María González en una última escena donde Héctor tiene que estar perfecto para la parte final, y donde es particularmente fácil irse a un mal extremo donde esa conclusión perdería toda su fuerza. Y no es así. La actriz mantiene la actitud que debe requerir ese momento y se convierte en un momento impresionante por el que merece aún mucho más la pena ver esta obra.

Lo que si me descentró un poco del ritmo de “El padre” fueron esas transiciones, más que nada por la música utilizada que despistaba la concentración de lo que se estaba sintiendo en esos instantes. Es como si supiéramos anticipadamente que teníamos que estar predispuestos a tensionarnos o marcar excesivamente el dramatismo. Yo prefiero que eso se enfoque en la ambientación y que, a través de la interacción entre intérpretes vaya notando esas emociones que se quieren provocar en las escenas. Además, las pausas por la colocación o retirada de objetos en el escenario, a veces tenía una duración excesiva que inquietaba pero por una interrupción repentina de ese tiempo teatral, más que por lo que se deseaba provocar.

Obviando este detalle, “El padre” es marca teatral de garantía. Es un nombre grande de la escena que hay que ver, como sucedió con “Reina Juana” de Concha Velasco en este Festival de Teatro de Málaga. Es una delicia como espectador hacerte sentir lo que este anciano Andrés representa tan auténtico y, por ello, reflexionar sobre nuestras propias actitudes cuando nos encontramos en terrenos parecidos en la realidad. No se pierde el tiempo, se invierte en crear una memoria inolvidable.

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